sábado, 16 de abril de 2016

Siempre dije (y sostengo) que los animales domésticos son mascotas. Por eso mismo me peleé con más de una persona. 
Mucha gente trata de hijos y/o hasta de parejas a sus mascotas. 
Más allá del chifle personal: el trauma para el animal. Porque queda claro que ese discurso, por lo general, lo acomodan para el lado que conviene. 
Sacando eso de lado, conocí mucha gente con vínculos fuertísimos para con sus mascotas.  Muchas veces me quedé sorprendido del ida y vuelta entre el animal y el animal que llamamos humano. 
Hace unos días me enteraba que unos perros habían atacado a una gata y la habían dejado maltrecha. La gata estaba internada. 
Yo me dejaba caer en el sillón y sentía la angustia apoderarse de mi. 
Hace ya varios años me enamoraba como un niño de película de una de las mujeres más bellas y fuertes que he conocido. Esa misma mujer tenía 4 gatos y una casa gigante. 
En la primera salida formal (no hubo sexo tampoco beso) me dejó en claro ciertos valores, como todos tratamos de hacer en una primera salida. Entre esos valores marcaba a sus gatos como algo muy importante en su vida. 
Yo (seguramente transpirado) le decía que era "la loca de los gatos". Porque siempre se puede ser un poco más boludo.
Entre risas le explicaba mi punto de vista, con el que ella estaba de acuerdo. Pero también me explicaba que sin tratarlos como "hijos" se podía tener una conexión muy grande. 
Fue hasta que entré a su casa y lo entendí. 
Eran (son) una familia. 
Ella no los trataba como hijos, mucho menos como si ella fuese la madre. Era algo más. Y no podía descifrarlo. Lo intenté, de verdad. Al principio siempre buscaba entender el como o el porque. 
Uno de esos gatos me miraba siempre de lejos, otro se arrimaba para "ver qué onda", una me marcaba la cancha y otra se escondía y me miraba con cara de dibujito animado.
Los años pasaron e hicieron que ame a esos gatos. Cada día que pasaba me sorprendía más del lazo que habíamos forjado. 
La pareja entró en un impass. La casa gigante era ahora un monoambiente donde los gatos se la pasaban haciendo Parcour. Y los 4 gatos eran ahora 3 por falta de lugar. 
Un día tuve que ir a buscar mis pertenencias, las cuales me habían dejado en una bolsa atrás de la puerta. Ese día mientras miraba todo el lugar y pensaba en 150 mil cosas, me largaba a llorar como un bebé. Me senté en el sillón y todos los gatos se vinieron encima. Me miraban fijo. 
Fue la gata. Esa con cara de ardilla de Pixar, tal vez de Disney y con la nariz siempre sucia la que se me sentó en las piernas y me empezó a ronronear. 
Esa misma gata que desde una bocacalle lloraba en el momento justo para que la escuchen. Esa que se quedó esperando a que salgan de trabajar para que se la lleven a su nueva casa. 
Porque creamos o no en el destino, hay cosas que lo parecen o al menos nos hacen dudar si eso no estaba predestinado.
Esa misma gata que se rompió una pata por aventurera y mostraba lo que más adelante iba a hacer realidad. 
Vi a esa gata dormir todas las noches en una almohada arriba de la cabeza de su dueña. 
Pilla, muy muy mañosa. Embustera. Muy asustadiza. Con una cara que despertaba ternura. Por demás de cariñosa. 
La vi cobrar más veces de las que puedo recordar, pero son contadas y gloriosas las veces que atacaba a traición a los machos de la casa. 
Caminaba como una diva y cuando no la veías se estaba revolcando entre hojas, mugre y piedras.
...
En los días que le siguieron a su última aventura accidentada, dejó de comer, vivía echada y se movía nada más que para apapacharse o dormir cerca de ese cuerpo. 
Había caído a la lona. El referí le estaba contando hasta 10, iba por 7 y ella ya no mostraba demasiadas intenciones de pararse. Como no queriendo volver a la pelea. Ya no tenía ganas de acertar buenas manos mientras esperaba un nuevo mazazo.
Me va a doler en el alma saber que ese viernes yo no quise escribir más. Como si esa fiebre que desaparecía también me arrastraba a mi. 
  • "No te metas donde no te llaman" me decía Madre. Y yo me metí siempre en cualquier lado.
Sé que no fue mi gata, sé que nada fui para esa gata...
Este miércoles que pasó vi que el celular se prendía. Era un mensaje. Vi el nombre y por segunda vez en mi vida no quería abrirlo. Sabía lo que ese mensaje traía ...
"... pensé que tenías que saberlo."
Y desde ese momento no necesito ni quiero entender demasiado los como y los porque. Fue hace mucho que descubrí que me bastaba con ver de afuera el cariño de alguien con sus mascotas. 
Pero fue este miércoles cuando entendí que tenía algo de eso en mi. 
A tu salud Mimix. Ayer, hoy y siempre.


Ahora sí vas a tener tiempo de ser una Gata Jazz.

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