lunes, 18 de junio de 2018

Ya sé que te encantaría pero que no.

Que te entienda, que no podés.

Que igual siempre pensás en mí.

Que no abrís los ojos cuando te lo cogés porque hacés mucho esfuerzo para creer que soy yo.

Que tenés miedo, entre mil miedos, de que se te escape mi nombre.

Sé que hasta pensaste en que te va a pasar. Y pudrirla... así terminar con todo.

En especial con el calvario de ser tan cagóna.

Así que dejá, seguí.

Chupale la pija y rompete la cabeza para convencerte de que no, que la mía no es más deliciosa ni más suave.

Que no podrías quedarte dos días enteros.

Que las pijas son todas iguales.

Y tocarme a mí no te hace sentir más... ni mejor.

Contate una y otra vez el cuento de que gritaba y suspiraba y transpiraba por convención, por costumbre, por jugar al actor porno.

Olvídate de que nos hicimos acabar como nunca nadie antes,

como nadie después.

Dale, olvídate.

No me expliques,

dejá.

No hay drama.

Imagino que tu concha se eriza y se moja igual cuando la toca tu novio y baja para llenarse la boca.

Seguro te mira.

Besos a lo largo y a lo ancho.

Y ahí le agarrás la cabeza y le tirás del pelo. No querés que te mire tanto.

Que todas las pijas son iguales, y todos los pibes también.

Pero hay que quedarse con uno, decís.

Así que reseteá tu cuerpo para que el contacto con su piel se sienta como sábanas recién lavadas, de esas de quinientos mil hilos.

De Egipto, de Rusia, de la Concha de la madre.

Menos de acá.

Acá no vuelvas.

Matate a pajas recordando cómo te apretaba contra mí cuando tu lengua encontraba mi pezón, cuando encontraba mi espalda, cuando te ahogabas en mi pecho, mi cuello;

Y ahí, inhalarme.

Cuando morderme era, al final, más inevitable que deliberado.

Acordate de mi palpitación, de la violencia, de la sincronía, de la humedad rebalsando por cada poro.

Y qué suerte. Para vos, para él, que me puedas pensar.

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