Ya sé que te
encantaría pero que no.
Que
te entienda, que no podés.
Que
igual siempre pensás en mí.
Que
no abrís los ojos cuando te lo cogés porque hacés mucho esfuerzo para creer que
soy yo.
Que
tenés miedo, entre mil miedos, de que se te escape mi nombre.
Sé
que hasta pensaste en que te va a pasar. Y pudrirla... así terminar con todo.
En
especial con el calvario de ser tan cagóna.
Así
que dejá, seguí.
Chupale
la pija y rompete la cabeza para convencerte de que no, que la mía no es más
deliciosa ni más suave.
Que
no podrías quedarte dos días enteros.
Que
las pijas son todas iguales.
Y
tocarme a mí no te hace sentir más... ni mejor.
Contate
una y otra vez el cuento de que gritaba y suspiraba y transpiraba por
convención, por costumbre, por jugar al actor porno.
Olvídate
de que nos hicimos acabar como nunca nadie antes,
como
nadie después.
Dale,
olvídate.
No
me expliques,
dejá.
No
hay drama.
Imagino
que tu concha se eriza y se moja igual cuando la toca tu novio y baja para
llenarse la boca.
Seguro
te mira.
Besos
a lo largo y a lo ancho.
Y
ahí le agarrás la cabeza y le tirás del pelo. No querés que te mire tanto.
Que
todas las pijas son iguales, y todos los pibes también.
Pero
hay que quedarse con uno, decís.
Así
que reseteá tu cuerpo para que el contacto con su piel se sienta como sábanas
recién lavadas, de esas de quinientos mil hilos.
De
Egipto, de Rusia, de la Concha de la madre.
Menos
de acá.
Acá
no vuelvas.
Matate
a pajas recordando cómo te apretaba contra mí cuando tu lengua encontraba mi
pezón, cuando encontraba mi espalda, cuando te ahogabas en mi pecho, mi cuello;
Y
ahí, inhalarme.
Cuando
morderme era, al final, más inevitable que deliberado.
Acordate
de mi palpitación, de la violencia, de la sincronía, de la humedad rebalsando
por cada poro.
Y
qué suerte. Para vos, para él, que me puedas pensar.
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